© Winston Morales Chavarro

Prólogo

VIAJE POR SCHUAIMA

Si referirse a una obra distinta a la poética infunde cierto temor o riesgo de no acertar, de no saber llegar a las valoraciones humanas y estéticas que tuvo en cuenta el autor al escribirla, la obra poética hace estremecer al prologuista o crítico. El mundo poético o universo es muchas veces inabordable; tiene tanto de extraño, de revelador, de insospechado, por no repetir la palabra “mágico”, que precisa identificarse, transplantarse al hecho fugaz de la iluminación. Por eso las traducciones de poemas son tan esquivas; no siempre se logra darle el aire o ambiente originales; se escapa ese estupor, ese prodigio de traducir el instante.
El poeta Winston Morales Chavarro me concede la gracia de habitar-por un tiempo-las regiones misteriosas de su creación poética. En De Regreso a Schuaima, se cumple el retorno en cada nueva visión que el autor puebla de creaturas extrañamente maravillosas, en donde la imaginación enriquece y recrea logrando imágenes tan leves, tan furtivas como el soplo del viento, tan rumorosas como la canción de los árboles o el cansancio de los ríos o el vuelo de los pájaros.
Este libro singular parece cobrar o recobrar ciertos valores, no sólo por su oleaje, sino por la trascendencia del estro profundo que va marcando un itinerario desconocido en las obras poéticas del momento que también son más pobreza sobre el mundo.
La incursión por De Regreso a Schuaima, significa ir conquistando territorios en compañía del personaje más encantador y encantado: Aniquirona, la amada de todos los soñadores de la tierra; la idealizada que nos pone en comunicación con los seres que moran más allá del discurrir cotidiano. Este ensimismamiento, el llegar de “Pobladoras” con su despliegue de hermosura cautivando casi hasta el delirio. El espacio que invade al que le sigue con su aroma singular de bosques y jardines, de mares secretos o rocas agresivas, o el desafío subversivo de presencias que se ignoran a pesar de sus deslumbramientos, sostienen el embrujo, la gran orquestación de todos los elementos.
En Schuaima los ríos tienen nombre de varón –Calixto-, y los perros son filósofos, consejeros y sabios. El fluir constante de las fuerzas secretas que elaboran el milagro de todas las supervivencias, aún las más remotas, las que ignoran las gentes, los habitantes de Schuaima las disfrutan y entregan a la armonía universal que se sustenta con las aspiraciones y concepciones imaginativas y enigmáticas del poeta.
Cuando se escribe el poema sólo se piensa en él; por eso sorprende la asistencia multitudinaria de imágenes que maneja Winston en la justa perspectiva que va descorriendo el futuro o el inmediato pasado; el momento puede ser hoy o el hoy de los siglos ya idos.
Los olores, los viajes, los caminos, la muerte, la vida plena, la clarividencia en el espejo o el viento que pasa en la voz de los niños, en las divagaciones del más empedernido soñador, hacen EL GRAN POEMA.
Las experiencias oníricas confunden los límites de tiempo y espacio, entonces crece el interés y la curiosidad por saber quiénes son “Oáma”, “Yhoma”, nombres legítimamente soñados por el poeta para que discurran por los senderos de luz o de sombra.
En De Regreso a Schuaima, se unen los inimaginables contrastes de resurrección y muerte; las más audaces formas de pintar lo inverosímil: el ocaso o el amanecer pueden centrarse en un rayo de sol perdido, o en la agonía de un fulgor lunar, vertidos en la gama infinita de colores hasta fundirse en una ola sin horizontes. Se piensa en el éxtasis poético con la nostalgia de las reminiscencias vividas por otros cuyos nombres y sombras siguen vagando por el mundo.
Toda despedida duele y no es fácil dejar De Regreso a Schuaima en donde la belleza y la libertad son para el visionario su estación preferida.

Matilde Espinosa

Epígrafes

Yo tengo fe en la práctica y en la filosofía
de lo que hemos convenido en llamar magia,
y en lo que yo tengo que llamar evocación de los espíritus,
aunque desconozco lo que estos son; en la capacidad
de crear ilusiones mágicas, en la visión de la verdad,
en las profundidades de la mente cuando nuestros
ojos están cerrados

William Butler Yeats.



Yo pienso con mi cabeza oscura.
Busco en mi cabeza atormentada
el sitio perdido del pensamiento.

Antonin Artaud.



Si las puertas de la percepción se limpiaran,
todo aparecería a los hombres como realmente es:
infinito. Pues el hombre está confinado en si mismo
hasta ver todas las cosas a través de las estrechas
rendijas de su caverna.

William Blake.

Dedicatoria

A Roberto Chavarro Chavarro,
hacedor de mundos.
A Rogitama.

I

EL VIENTO

Esta Terra tiene un viento esmeralda
esta brisa es la voz de los sauces
este trinar el viaje de un barco
cuyos peces de plata
navegan sobre un océano de tábanos y yarumos.
Cuando el viento de esta Tierra canta
se levantan las sombras,
las tórtolas hablan de lluvias
y el hombre moja de palabras
el pan para un nuevo vino.
Schuaima
Terra donde el viento danza entre el ciprés
levantando el faldón de las hojas.
¿Qué es lo que trae la brisa en sus labios?
¿Cuáles sus palabras desnudas?
¿Qué es lo que canta el viento del este
cuando gira como hilandera
otro diluvio pequeño
y los niños saltan como trigo,
las mujeres brotan como cántaros,
los espíritus se visten de lluvia
y desnuda la tierra su poro de árbol
para que crezca de nuevo la brisa
y florezca de nuevo el fruto?

II

LAS PIEDRAS

Las piedras de esta Terra
parecen perlas
o nidos de pájaros prehistóricos.
Aquí las palabras huelen a viento
y el silencio tiene forma de roca.
En las piedras de esta Terra solemne
se encierra el espíritu de la lluvia
el canto de los jilgueros
el color de los árboles y las selvas.
Piedras de Schuaima:
montañas desnudas
solitarias colinas
peñas blancas que se botan como palomas
a un verde cielo de tierra;
aquí mi mano saluda
un país constituido de piedras:
rocas perfumadas, rocas uniformes, grises piedras para la pesca,
grandes y escamosas rocas
¡Todas!
Piedras de Schuaima
las amo por sabias y no por duras.

III

LOS PÁJAROS

Pájaros hay en Schuaima
como abetos en la China
o místicos orientales en las orillas del Nilo.
Pájaros ataviados de luz:
currucas, navíos, toches, goletas,
derroteros, serpentarios, piqueros de patas azules.
Los pájaros de esta Terra
conocen las violetas de Parma, los tábanos del este,
las arborescencias del Mississippi;
mundos posibles en el crepitar de sus alas lluviosas;
pájaros que parecen nubes de yarumo y trigo
remontando su vuelo
por bosques de arrayanes y dindes balsámicos.
Estos,
los viandantes de este piélago desnudo
los pájaros que soñara la Dulce Aniquirona
en su canción por la memoria del bosque.
Pájaros de Schuaima
provistos de alas, de luz y madreselvas
decidme:
¿qué es lo que gravita en las otras orillas?

IV

LOS RÍOS

Como un volcán en su canción de fuego
como una colina de nieve roja,
así vive Schuaima poblada de ríos.
Ríos que bajan por los llanos
como muchachas desnudas
con trenzas de agua en sus bocas.
El río más grande de Schuaima
se llama Calixto.
Llena la luna
ve descenderlo dormido
por las piedras y las campanuelas del valle.
La espuma con su risa blanca lo llama
¡Calixto, Calixto!
Gravita el río con sus plumas de agua
porque el viento besa su muerte
y su ronquido de dromedario.
Allí está
flotando en un mar de ríos Schuaima
innumerables volcanes hablando del agua:
Paris en forma de lago,
Rogitama un riachuelo de peces,
Calixto y sus rostros de plata
vaciando sus ojos
en ánforas de pescadores.
Como un espejo con cara de hombre
como un pensador de Rodin sobre el charco
yace Schuaima poblada de ríos.
Allí van los hombres moribundos
a dejar sus recuerdos y sus rostros.
Éste es el arca del olvido
el río en donde la memoria desciende
por entre colinas de sueños
y el hombre se va quedando dormido
mientras el agua le baja los párpados.

V

LA MÚSICA

La música es un Cahfíe gigante
inventado por Dios
para hablar con los hombres.
El lenguaje de Dios es la música
y la de esta Terra, la lluvia.
La lluvia es un Palo de Agua:
-violonchelos oceánicos, clarinetes lluviosos
saxofones marinos-
y al través de ella
se esparcen las palabras
por un auditorio de arrendajos y tijeretas.
En Schuaima no hay orquestaciones
pero cuando llueve,
cuando caen xilófonos del cielo
el agua canta un blues sobre las piedras
y despiertan las orquestas del campo.
Música de las orillas;
el viento danza con el diluvio polkas para la pesca,
vibran las campanuelas del árbol
al ritmo de los allegros
y las arañas arpegian una guitarra de hilos
en las orillas del bosque.
Esta es la batuta del río, el soprano de los cahfíes,
la romanza de los pericos,
el cantabile del campo después de la lluvia.
En ocasiones las orquestas del hombre
hablan con castañuelas, con kitharas o violines
pero la gente se ha vuelto sorda.
En Schuaima la música no se toca,
la música camina sola
-como un niño en busca de rayuela-
y se levanta como el oboe,
gira como el contrabajo,
salta como la flauta.
Músicos del campo, sabios músicos del camino
tocad para mí, otra sinfonía.

VI

LOS POBLADORES

Los árboles en Schuaima
son hombres petrificados
que han adoptado el lenguaje de viejas torres de trigo.
Hombres que antes de madera fueron barro
antes de ceniza fuego
y llameaban en la noche
como una caracola de trigo
o una estrella de ramajes y arboladuras.
En mi memoria de extranjero
persiste su posición de Hidalgos
sus rostros de guerreros besados por el sol;
su postura de arqueros
sobre un rocinante de musgos y de piedras.
Árboles de Schuaima
hombres leñosos que madrugan con su canto de corneja
y se vierten por la llanura
para desperdigar su sombra o su quejido.
Quijotes de talles gráciles
en donde Dulcinea teje una telaraña de invocaciones
mientras el obeso de Sancho
sueña con Barataria
en la curva olorosa del yarumo o del algarrobo.
Estos;
los árboles de Schuaima
hombres que han preferido vestirse de lluvia;
columnas de hojas secas en las riberas del bosque y del sueño.

VII

LAS POBLADORAS

Blancas manzanas revestidas con los ropajes
de las cuatro estaciones;
mariposas de fuego que llamean en la oscuridad
como bellas colmenas
rebosantes de luz y giros vertiginosos;
son las mujeres de Schuaima.
Sus tobillos y pies
-suspendidos en el néctar de las coronas-
sobrenadan con la música liviana de los ríos
o el rojo inescrutable de las estrellas negras.
Jamás en mis ojos
habían aromado tantas flores juntas
tantas esencias gravitando en el aire de las cosas.
Las mujeres de Schuaima
bajo un azul misterioso
en donde no caben las dudas
ni las iniquidades de otros colores.
He visto cientos de mujeres
-diminutas en tamaño como un grano de mostaza-
asemejar el infinito
y construir con sus danzas incorpóreas
la eternidad y el traslado a las edades más seniles.
Como el llamado de las novas y otras luminarias
ante el aleteo suplicante de algunos extranjeros
las pobladoras de Schuaima
levantan sus manos con regocijo
cantando sus himnos y sus viejos idiomas
al borde de las anegadas orillas.
Bienvenidos forasteros
a este ancho río de la muerte
esta es la Isla de Aniquirona,
aquí atesoran las despedidas de los hombres a la guerra,
las batallas de la ciencia
los ascensos a la luz
y la revolución de los cuatro pensamientos.
Las mujeres de Schuaima
nos dan la bienvenida.
En sus velos transparentes
alcanzamos a contemplar
la desnudez de su sabiduría
y lo pequeña que es la tierra
frente a la magnitud inconmensurable de otros universos.

VIII

LA MUERTE


A Laurent Vigouroux, muerto en
Iquítos Perú, abril 24 de 1999.


Como situada en un espacio vago y remoto
la muerte se va aproximando
hasta tomarnos del brazo.
Uno puede pensar que ella es nuestra sombra o nuestro sueño,
quizás una hermana mayor
que hace mucho abandonó la casa
pero que de soslayo
sorprende con su presencia de ola
o su llanto de niña prodiga.
En la ebriedad de la noche
la muerte
con su canto de corneja,
con sus halos de oro arrojados al fuego,
nos despierta del sueño o del letargo
nos lanza hacia la calma definitiva de lo oscuro.
Entonces comprendemos
que siempre ha estado cerca
que su presencia era como el rumor de un río
bordeando la orilla de nuestra desembocadura más próxima.
Pero a la hora del abismo
a la hora del concierto fatídico
-cuando el ave Fanza canta su réquiem en el traspatio
o suenan antiguas campanas-
la muerte nos es tan peculiar
tan conocida
que la sombra impenetrable
súbita se transforma en estallidos de fuego
y la noche hórrida
en un laberinto de perfumes
en donde empiezan a florecer anémonas
en el solar distante de la otra orilla.

IX

EL PAISAJE

El olor de los pinos me seduce
-el revolotear de sus fragancias por la Terra-
Hay una hendidura en el espejo
y de ella emanan los mundos subterráneos
como un cántico del cosmos por las sombras.
El olor de los abetos me levanta;
la resina es la música del Cafhíe y de los toches
y no he encontrado otro lenguaje más sutil y generoso
que el que entonan las colmenas
en los bordes y en las aristas de la muerte.
El olor de los yarumos
me resucita y me reencarna.
Una parvada de árboles y hojas
desciende por la tierra
marcando la brújula del tiempo
o la cascada estrepitosa del suicidio.
¿Este es el camino del gran viaje?
¿Sabes en dónde estamos?
¿Cómo hacer para llegar a las orillas?
El rumor oloroso de las piedras
marca ese principio.
me dejo llevar por las alturas
por el viento sostenido de la roca
por el canto monocorde de los ceibos.
He llegado a Schuaima por medio de sus hojas;
aquí me quedo como un barco plegado de velámenes y olores.
preso de muchas sensaciones, de vinos y maderas
resucito de las viejas recaídas,
víctima del árbol y sus espermas
tejo los hilos de las horas en los bordes del espejo:
el olor de la araucaria me ilumina
me prolonga en este viaje por la tierra
por las orillas fantasmales de la muerte
recostado en los anaqueles de la historia.

X

LA HABITANTE

Mujer de los bosques
que corrías como enredadera
por las orillas del río;
muchachita de luz
que extendías tus manos en señal de recibimiento.
¿Quién eres?
¿Dónde estás?
No sé con exactitud de ti,
si eres pobladora del árbol
si en ti habitan
todas las danzas necesarias para el viaje
si tu boca desprende algún aroma o algún beso
si sólo manifiestas tu hechizo
en el tránsito por esta Terra de sueños.
No sé con exactitud de ti
no distingo tu rostro,
tu llama que vivifica y enternece.
¿Eres acaso Aniquirona?
¿la habitante de mis rostros?
¿del valle que me aguarda al final del espejo?
¿del tren fantasmal que abordé en Schuaima
cuando era un extranjero
bordeado por la transparencia infatigable
de tus sombras y tus sueños
tus vinos y tus ríos?

XI

LAS NUBES

Nubes que gravitan por los mares
revestidas de gárgolas y hojas
de ráfagas, remolinos y tornados.
Como un fuego sordo
su música se enarbola en nuestro río
y toman el aspecto de un tambor de piedras
en el agua colora de otros firmamentos.
Saboras, oloras, espesas,
salutíferas como La leche de la lluvia,
las nubes de schuaima serpentean
prendidas de las manos de la brisa;
imitando el cuerpo pisciforme de las aves,
los anchos muslos de las olas,
las crines desafiantes del caballo.
Nubes de pináculos y hadas
descienden con sus bucles dorados
asemejando hermosas doncellas
en cuyas manos
el fuego y la luz se expande
como el incienso y la mirra de otras orillas.
Y de allí
del mismo cielo del río Rogitama
se ve ascender y descender
igual al mito de jacob:
una escalera, una puerta,
una hendidura donde traspasar el viento,
y las nubes majestuosas;
leves, blancas, multiformes,
abren sus compuertas de nodriza fresca
aromando al mundo
con su música líquida,
con su agua densa,
con su sabia de pájaro-pez, océano-cielo.
Qué húmeda toda esta apología,
esta fábula de figuras en el cielo,
las nubes de Schuaima:
el lenguaje que estriba en otros continentes.

XII

LA LLUVIA

Siempre llueve en Schuaima
siempre ese precipitarse de los cielos a la Tierra.
Me abrazo a los chorros monocordes de los ríos
y los cansancios de mi cuerpo se mitigan
por el beso polimorfo de estas lluvias.
Siempre llueve en Schuaima
y los follajes de los fresnos
-igual que los patos en parvada-
bajan cantando por el ayuntamiento y sus orillas
y los sinsontes se pegan a mi boca
como los hilos luminosos de una estrella.
Siempre llueve en Schuaima
y uno aprende a querer esta lluvia estrepitosa
uno se acostumbra a su desnudez de ropas
a su delirio de doncella
a sus pezones grises,
de donde mana una agua inescrutable
que moja y contagia de pureza
hasta los precipicios de la muerte.
Siempre llueve
y uno sumerge la cabeza contra el viento
y la lluvia llega como un tumulto de palomas
a anidar en nuestras ramas los próximos veranos.
Siempre llueve en Schuaima
siempre los espejos y cristales
descendiendo de las noches desarmadas
y un resplandor inamovible
se deposita en nuestros hombros
y una queja luminosa
llamea por los bosques
y unos pájaros de agua
proclaman la grandeza de esta Terra.

XIII

LOS CETÁCEOS

Ha llegado la hora
de nombrar y enumerar a los cetáceos.
Desde el cabo de Hornos
hasta el valle de los muertos,
pasando por la orilla encanecida de la tierra,
se logra percibir el rastro luminoso de la espuma
los arapendes insondables de las olas
ante un tránsito inigualable de ballenas.
El rebaño,
conducido por el propio Leviatán,
gravita cual navío
atragantando todo lo que hierve sobre el agua.
No hay pequeño pez que se enfrente
a este promontorio de lanzas y de tierra móvil;
no hay Ismael ni Quiqueg
en todo el cosmos
capaces de surcar las branquias de estos marineros.
¿Para qué atacar a estas portentosas naves
cuyo lenguaje se limita al juego de los canaletes
que fluctúan en el lomo
de su poderosa arquitectura?
El rebaño,
desprovisto del cayado del zagal,
se sumerge al unísono de su propio vuelo
pues comenta la leyenda
que su elemento primario no era el mar
y que antes de perder las patas y las alas
surcaban las ballenas las bóvedas del éter.
En inmensas manadas
de arenques, de esturiones y tortugas
se pasean las ballenas
siguiendo la estela de fósforo y granizo
que dejan sobre el mar los nantuqueses
la ballena de Groenlandia, la marsopa, el cachalote,
disipan con sus vuelos las preguntas:
no hay nativos que atesten con su arpón a los cetáceos,
no hay cuáqueros que logren cabalgar sobre sus lomos,
no hay gavieros que icen sus banderas por el paso del noreste.
Sólo las ballenas
-infranqueables como la muralla o el cuchillo-
se hunden en el océano de Schuaima
atestadas y cabalgadas por la sal.

XIV

LOS ESPEJOS

Así como los toches baten sus plumajes
sobre las aguas claro-oscuras del espejo
así me apasionan los cristales,
los diamantes, las piedras y los cuarzos.
Con la insistencia con la que el azulejo
estrella sus imanes contra el agua,
así va mi sombra a materializarse en otras sombras,
mi fantasma a imantar otros fantasmas.
Me veo en el espejo
como un pequeño barco desfilando por la Oniris;
hay nuevas cicatrices, otros caminos,
un pasaje remoto que me espera
-o que ya desde hace mucho me esperaba-
pero sólo hasta ahora
después del tránsito súbito del rostro
he llegado a reconocer como inevitablemente mío.
Yo escucho el llamado de la muerte
a través de los espejos
me apasionan sus palabras
sus canciones fúlgidas
la puerta equidistante de sus noches.
Me descubro en el espejo
como una evocación a los espíritus
-acaso mis espíritus-
o a la vejez de tanto camino bifurcado:
sé reconocer en este espejo
un viaje por la muerte;
en este sueño
un mundo de visiones;
sé reconocer
la fisura de los rostros
la transparencia del paisaje
la hendidura y el hilo de otras superficies.
Para llegar y penetrar tantas verdades
para viajar y conocer tantas orillas
basta entregarme a la pasividad de los espejos
a la quietud aparente de sus aguas.
Así y no de otra manera
me descubro en el espejo
y empiezo a recorrer
los caminos luminosos de sus sombras.

XV

LOS OLORES

He aprendido en Schuaima
el arte de respirar,
el arte de oler
los aleteos de la lluvia o de la música,
el aroma del mar
cuando duerme sobre el olor a brea de las pequeñas embarcaciones.
Sé cuándo la noche
está pintada de estrellas y ovellones,
cuándo la brisa trae canciones
colgadas en las hojas envejecidas de perfumes.
sé leer con mi nariz
un libro virgen,
un poema embalsamado de aceites.
Gracias a mi olfato
me saturo de flores y velámenes,
sé a lo que huelen las muchachas;
suerbo con mi nariz rizada por el viento
sus faldas invadidas de geranios
sus cabellos apoltronados de fragancias
oscuras, rubias o castañas.
He aprendido en esta Terra
que las cosas se ven mejor con el olfato.
no hay ningún recuerdo, ninguna brisa, ningún beso
que logre escapar
al hálito respirado por una nariz enamorada.
Sé de qué olores se visten
las hormigas, las piedras, los grillos,
las noches lluviosas y lejanas.
He aprendido a capturar
el aroma de las cosas “inanimadas”
los maderos, las esferas, las semillas,
las ventanas de las enamoradas
el viento cuando no trae otro perfume que el silencio.
He aprendido en Schuaima
el arte de respirar,
el arte de embriagarse con el cosmos,
con la danza púrpura de las flores,
el arte de distinguir sin más presagios
que el espíritu y el cuerpo
convergen donde empiezan las fragancias
y que el corazón queda muy cerca de la nariz.

XVI

EL LENGUAJE

Para retornar al principio de las cosas
dejo que me invadan los sonidos:
la música de la noche,
sus ánforas de luces,
sus arpegios gigantes
orquestados por las sombras.
Es bueno dejarse habitar por lo absoluto
ser como una cabellera de antorchas
llameando en el suicidio de la calma,
ser como un hilo de sombra
herido por la luz de un canto
o el sonido de un pájaro lumínico y profano.
Al evocar el sonido de esta Terra
el campo abierto
conduce a la polifonía del bosque.
Allí el lenguaje es instintivo
pre-idiomático
y el silencio se hace necesario
para comprender la inarmonía de las voces.
Hay que retornar al principio del lenguaje
-al estadio mudo-
para poder conversar con las alturas,
con las bellotas, con el viento en su estado de pureza,
con el cosmos en su armonía milenaria.
Silencio tamtamistas y tamborileros
sólo el silencio,
tiene el rostro único de todas las músicas
sólo la voz de las piedras,
el salmo de la lluvia
logra percibir
ese albatros invisible que es la brisa;
albatros
que espera sabiamente al silencio
para anidar en la oreja
de los hombres redimidos.

XVII

EL MAR

Yo del mar de Schuaima
de sus alas subcelestes
de su música salada;
yo del piélago deseoso de su cuerpo
de su súbito de río.
Yo entregado por siempre y para siempre al mar,
mar de viento, de tierra, de agua, de fuego
una sola cosa
en cualquier constelación o estado.
Yo del mar de Schuaima
desde antes de su origen
piedra tallada de arabescos
caballera de hilos subterráneos.
Yo del mar
hijo de su viento;
un vaivén errante entre las piedras,
hijo de sus aguas;
un molusco, una anguila,
un diminuto hombre
en su realidad fúlgida e infinita.
Yo del mar aguamarina
invoco mis redes oceánicas
para capturar el tiempo de las cosas,
el tiempo en que todo fluye
como sirena milenaria
rejuvenecida por la sal.
Yo del mar
de sus espejos ondulantes,
de su barco ebrio.
yo del mar de Schuaima
porque así lo necesito.

XVIII

EL EXTRANJERO

Estoy muerto
cálidamente muerto,
muerto hasta la médula de mis huesos y mis odres.
Ningún poro de mi cuerpo besa el aire
y sé que esta noche
celebraré mi propio entierro
en el lenguaje semítico
del inconsútil y profundo río.
Estoy muerto,
de hecho muchas veces lo he soñado
la muerte no es algo
de lo que haya que preocuparse
y por eso gozo a mi antojo
el pasado somnoliento de mis carnes y mis velas.
La que me vio nacer
me verá morir ahora;
la muerte es arcilla
que el hombre labra
desde el hilo de la vida
y yo la he labrado
por la orilla inescrutable de los sueños.
Estoy muerto
y me festejo de ello;
sé que la muerte es un océano de fuego
en el mutable piélago del cosmos.
Un velero refulgente
sujeto al ritmo inquebrantable de las olas.
En la hora mágica del viaje
mis esloras y banderas se levantan como un barco;
la muerte que no es otra cosa
que exceso de luz
se puebla de mi canto luminoso
y abre sus pórticos sagrados
a este muerto,
a este noble cedro que florece
en el mundo de las sombras
cuando el barco se detiene
en la justa puerta del espacio:
la renovación de las palabras.

XIX

LA HABITANTE

II


Mujer en el espejo
¿quién para contemplar
tu primer amanecer y tu primer ocaso?
¿Quién para el momento en que la luz del sol
atravesó la capa de las sombras
y pudo percibir del génesis tu música?
¿Cuál de tantos pájaros
capaz de acceder a tus alturas más remotas
encenderse con tus furias
sin morir en las visiones?
¿Quién para alimentarse de tu luz, de tu agua, de tu viento,
transportar las semillas
por los recovecos de tu espejo
y levantarse de tanto Apocalipsis
para contemplar desde la Oniris
la esencia primigenia de tu cosmos?
Mujer en el espejo
muéstranos tus brillos,
tus destellos
tu presencia luminosa que pervive en las edades;
tus ojos de fuego
que alumbran el camino,
tus manos de cristal
iniciáticas y verdes
cerca a las orillas de los mundos:
la playa próxima y distante de la adimensionalidad.

XX

EL SUEÑO

Del mismo material del que se tejen los sueños
mi vida está sujeta
al hilo claro-oscuro de las mágicas visiones.
Shakespeare lo dijo
Y también Calderón, Holberg y Zhuangzi;
la vida es sueño,
quizás el añoso reflejo de una estrella
cuya luz
sólo a estas alturas de la noche
enciende nuestras velas
o nuestros ecos más callados.
No lejos de estos equipajes
en el jardín de los manzanos y ovellones,
donde se empantana la sombra y el espejo
están los sueños de los otros:
el sueño del que duerme,
el corderaje del que teje por nosotros.
Cuanto más evidente es el sueño
más segura es la existencia y las imágenes del tánatos.
Las caléndulas, la noche
y todo lo que observo
lo veo a través de la óptica y su vidrio
-el contexto cósmico y sagrado de los sueños-.
Las energías múltiples del viaje
toman vida a través de la vigilia
y se mezclan,
como un perfume del Gólgota o la China
cuya esencia es más vital
en las horas de las pléyades y los grillos.
Con la levedad de lo pleno,
con la lentitud de lo eterno,
con la ligereza de lo etéreo
así viene el sueño a nosotros:
pájaro semítico
que en ocasiones reposa en hombros o cabezas
y repite nuestros nombres
como si la memoria
fuera la Sésamo
que hace mucho tiempo cerramos.

XXI

LAS ÁNFORAS

Llenas de un líquido precioso
-quizás elixir o ámbar de otras orillas-
las ánforas refrescantes de Schuaima
colman mi espíritu de lo verdaderamente grande.
Hojas balsámicas, tigres de la India,
diminutos pericos de las Américas;
todo ante mis ojos
como un espejo,
como un diamante
como un cántaro destilando el agua de los sueños.
Como un alucinógeno en la carne de mis hojas
las ánforas de Schuaima
arrojan su gota de extranjero
en la raíz de esta expedición necesaria para el árbol.
Me levanto como una ánima desnuda
bebo, sorbo,
muerdo esa agua densa
agua que embriaga con su trueno o con su música imperiosa
el cordón letal que me sostiene.
Mi espíritu de águila
retorna a las alturas más remotas,
a los pasajes aparentemente fríos
en donde los términos
telepatía y clarividencia
se refieren así
como lenguaje de una nueva era
en donde yo,
hijo de las sombras,
comienzo a balbucear el lenguaje de los hombres.

XXII

EL MAGO

Nada existe en Schuaima
sin la sabia disposición de Yhoma.
Nada se perfila de manera tan determinante
como las leyes superiores del espejo
a partir de las leyes inferiores de sus sombras.
Cualquier cosa que emerja de la muerte
obedece sólo a la memoria colectiva
en contacto con la fugacidad
de algunas fuerzas extranjeras
que vienen de otros planos
paralelos a los nuestros
a sembrar el equilibrio
que tanto necesitan las estrellas.
Nada existe en el río Calixto
que no haya sido ideado por sus peces
no existe el cuerpo sin la sombra
la corriente sin el agua
el nuevo mito que rebase al hombre
a partir de otro mito
que él mismo se merezca.
Nada existe sin la sabia cábala de Yhoma
éste es el famoso herrero de los días
el grano de mostaza
que fragua las estatuas
y levanta,
en medio de todas las semillas,
la pirámide de Egipto
donde edificar los paradigmas.
He soñado y he visto al viejo Yhoma
mastillando el sueño de algunos forasteros
Yhoma el pajarero de los bosques
una premonición venida más allá del tiempo
hilando el árbol de los sueños
al borde de los ríos y las selvas.
Nada existe en Schuaima
que no exista en el número del mago
Yhoma con sus brazos chamánicos y libres
mezcla los brebajes y las pócimas del viento,
las esencias de las frutas
dando de beber a los lúcidos parajes
por donde el hombre
encontrará de nuevo al hombre.

XXIII

EL VISITANTE

Soy el Extranjero que remonta el Rogitama en barco
el visitante de estos hilos sacrosantos
el viajero del que hablaran
los pergaminos místicos del cosmos.
Soy la nada y lo absolutamente negro
el águila de oro de los antiguos iniciados
el mensaje sugerente de Los astros.
Estoy en el presente eterno
como lluvia extraída de las profundidades cavernosas,
como árbol arrancado
de sus más íntimas raíces.
Soy y formo parte de los ríos;
la clave cifrada de Hermes, el altruismo de Urano,
el fuego de Thros.
Sé que el futuro existe en el ahora,
que las cuatro dimensiones son mis puntos cardinales
que el pasado, futuro, presente y sueño
son las campanadas invariables de lo perpetuo.
Soy el Extranjero que remonta el Rogitama en barco:
los países se abren a mis ojos
como gigantescas puertas de luz
en donde me someto a una visión total,
a una magna sabiduría
en donde el tiempo deja de fluir
como círculos en un presente eterno
para ser observados
con los ojos de la eternidad
con las alas esféricas y adyacentes de la Alquimia.

XXIV

LA TEJEDORA

A Matilde Espinosa.

Bayadera
bailarina de las sombras
maga perenne de los cantos
ínsula donde los sueños se levantan
como cuchillo en mitad de las esferas.
¿Es ésta la oscuridad que te envuelve?
Ceguera dulce para comprender el cosmos,
silencio negro para entonar el trueno
rayo abisal para redoblar el viaje.
¿Es éste el espejo que te nombra?
¿el laberinto que nos llama?
Bayadera de brazaletes
de sueños y collares
¿es ésta la pluma que remonta el vuelo?
¿el pequeño arco para disparar la flecha?
¿la diminuta puerta para comprender la huida?
Bailarina de las lluvias
tejedora de santuarios
bayadera de la noche
en la inconmensurable página del ser
en el inconsútil laberinto de las sombras
me esperaban;
desnudos,
harapientos,
los leones sosegados del destino.

XXV

EL VIAJE

Elevarse,
suspenderse en el aire,
flotar como el Caduceo de Hermes
o la Tabla Esmeraldina;
lanzarse hacia la noche
como el río en un cielo de ovellones y de piedras.
Ser hijo de la luz
o barco ballenero
atrapando músicas marinas.
Moverse hacia los mundos
del río Rogitama
sorber el azul infinito del espejo
ser universal hasta la muerte
y sacro hasta en la orgía de las horas señaladas.
Ser y no ser
oscuro, blanco, diamantino
ventana que apoltrone los colores,
reflejo difuminado de los astros.
Arrojarse sobre las colinas de la noche
respirar quedo como un reloj de arena
avizorar en los principios de la nada
los instantes en que la realidad se multiplica
y la fantasía iniciática del cosmos
sesga las penumbras.
Ser el viento,
el agua sostenida,
la roca,
la médula del río, el águila de piedra,
la mente abierta del viajero
que goza con la música del éter
cuando todo,
sin anhelarse nada,
fluye como un concierto para la pesca
como una melodía
para la muerte amarilla del ayuntamiento.

XXVI

LA ALQUIMIA

Jamás este rostro divagó tantas sombras
tantos puentes
tantos caminos para el hallazgo.
Jamás esta esencia de roca
estuvo imantada de tantas orillas
de tantas presencias,
de tanto equilibrio.
Jamás tanta luz redime mi ser
tantas piedras sagradas me llenan de ecos
tanto cinabrio me colma de voces.
Schuaima:
no busco en este laberinto
los espejos que ya poseo
Busco tu mundo:
el impenetrable, inteligible e innombrable;
el mundo en donde las hojas caen
sosegadas por los besos del viento,
sl mundo en donde la música de las esferas
resplandece como el alambique y la cucúrbita,
el cosmos en donde el río Aquerón
pasa y agita como frágil cometa
la marejada del bosque.
Jamás tuve tantas ganas de cantar
cuando las palabras tomaron conciencia de no-ser
ante la presencia invisible
de tantos espectros.

XXVII

LOS VISITANTES

Escucho sus voces en mi casa
sus palabras sosegadas
que llegan como música imperiosa.
Me acompañan desde niño
desde la noche de los tiempos
cuando pervivía la palabra
y el caos era el lenguaje de las sombras.
Hombres sabios que me contemplan por el espejo
que asoman sus manos fantasmales
por la boca de los cuadros.
Hombres que reposan con su imagen de iniciados,
de videntes,
transeúntes de las noches olorosas
antiquísimos poetas, pasajeros de los astros;
ojos de agua, manos de fuego,
dulces voces del viento
llegan a mi casa
como un soplo
como un silbo bordeando el bosque de los sueños.
Agua de poetas
por el caño de la memoria
dictando versos viejos
paisajes remotos de la espuma.
Llegan a mi casa
como lluvia de cantera
a mirarme con sus ojos
como diciendo, como preguntando
¿cuál es el séquito donde debemos agruparnos?
¿cuál la cohorte de los iniciados?
Antiquísimos poetas
sus voces retumban como piedras
sus anchas voces se levantan como abetos
como colmena rebosante de ámbar
de dulce miel para nuestros labios clementes y mortales.
Poetas de la muerte y el silencio
de las esferas más remotas,
de las esloras más delgadas
¿por qué visitar mis vientos y mis arcas?
¿por qué mi humilde tren para silenciar su viaje?

XXVIII

LA GRAN OBRA

Estoy reconstruyendo mis submundos
en los postigos del sueño,
tal vez al comienzo de la vida
tenga el resumen exacto de lo que fui
y que recuerdo vagamente
en la placidez de mi lecho ávido de figurativismos.
He visto las constantes
fe mis existencias más remotas:
los ríos, Schuaima, Aniquirona
entregados en fragmentos de cristales
conservados en la unidad de un espacio impertérrito.
Esa es mi realidad inmediata
la que ayer confundía
con mi presente gaseoso.
Pienso que el tiempo es definitivamente inverso a él mismo
y nuestro concepto de él
se escapa de toda definición
lineal o acaso circular.
El tiempo es regresivo:
lo que nosotros concebimos como futuro
es la realización de un pasado
olvidado por la novedad de un presente
sujeto a los hilos del hexagrama.
Yo sé de qué estoy hablando
porque conozco el retroceso infinitivo de mis fuerzas,
conozco ese precipitarse hacia la vida
de atrás hacia atrás
como un niño de espaldas al precipicio
como un anciano en el tobogán de la memoria
descendiendo en su conteo regresivo hacia la nada,
al nacimiento de las cosas:
la orilla infinitesimal de la conciencia.

XXIX

LA LLEGADA

Yo que soy un apátrida
de esta Terra de la imaginación y el sueño
he venido a Schuaima
como una vocación a las alturas
y una satisfacción silenciosa de los viajes.
Yo que soy un apátrida
de la independencia y el delirio
trazo mis puntos cardinales
bajo los velámenes del barco
y tejo un mundo en el sepulcro
para mi cuerpo fatigado por las sombras.
Yo que soy un paria
de la razón y la locura
niego cualquier posibilidad de raciocinio
y afirmo toda matriz
de la imaginación y la paranoia
para enfrentarme a la desnudez del universo
y a la porción fantástica de su música.
Yo que soy un apátrida
de esta Tierra inverosímil y olorosa
he venido a Schuaima
gracias al eco de la acequia,
a la voz ancha del yarumo,
a los cantos luminosos de la selva.
Yo que soy un paria
entro desnudo a los reinos de la noche
sin más pretensiones
que los de la propia belleza,
sin otros objetivos
que los del puro suicidio;
en este lento resultado de la tarde
en este sabio paradigma de los sueños
-lejos del compromiso activo
de los que permanecen sólidos
sobre el bosque de la vida-;
yo que soy un apátrida
entro vigoroso a los principios de la muerte
a las puertas dulces y seniles
de Aniquirona y sus colinas.

XXX

LA MAGA

Qué bello es permanecer en Schuaima
Qué bello avizorar
en su crepúsculo de lunas ciegas
las monedas de las visiones y el oscurantismo.
Qué bello respirar sus vientos epopéyicos
su aire cargado de espadas
como quien va enfrentarse con la muerte
en las postrimerías de la guerra.
Qué bello es este mundo de Oáma
Que tibio y grato resulta
incursionar por el recodo de su hechizo;
abrir los ojos del sueño,
los oídos del sueño,
las manos del sueño
y pender de la boca
las renovadas y viejas palabras
que tanto necesita la llama y el musgo,
para provocar en el confín de otras orillas
el fuego y la hoguera
que nos sustituya.
Qué bello habitar la magia de Oáma :
entrar en sus cordones de roca y río,
mirar sus espectros de luz y alas
al borde de las setenta puertas
en los confines de otras puertas,
y la ventana de la muerte
en los confines de otras ventanas.
Qué bello su espejo de hojas
sus cuchillos de miel
sobre la boca de todos los mortales
su colmena de musgo
en las rodillas de todas las mujeres.
Qué bello es permanecer en la Terra de Oáma
Comprender sus embrujos de diosa milenaria
sus hilares de tejedora
sobre el destino de los hombres,
su maridaje de bruma
sobre los bordes de la tierra.
Qué bello es permanecer en Schuaima
Y así,
desdoblarse de tantos paradigmas,
de los viejos toques de la guerra,
de los tristes trinos de la lluvia
y empezar a desprenderse
de la boca de la horca
para venir de nuevo al mundo.

Acerca del autor

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Biobibliografía

WINSTON MORALES CHAVARRO Neiva-Huila, 1969. Comunicador Social y Periodista. Magíster en Estudios de la Cultura, mención Literatura Hispanoamericana, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito. En la parte literaria ha ganado los concursos de Poesía Organización Casa de Poesía 1996; José Eustasio Rivera 1997 y 1999; Concursos Departamentales del Ministerio de Cultura 1998; Concurso Nacional de Poesía “Euclides Jaramillo Arango”, Universidad del Quindío, 2000; Segundo premio Concurso Nacional de Poesía “Ciudad de Chiquinquirá” en el 2000; Concurso Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, en el 2001; Tercer Lugar en el Concurso Internacional Literario de Outono, de Brasil. Primer y único Premio en la IX Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera. Primer Puesto en el Premio Nacional de Poesía Universidad Tecnológica de Bolívar, Cartagena, 2005. Ganador de una residencia artística del Grupo de los tres del Ministerio de Cultura, Colombia, y el Foncas, de México, con su proyecto: Paralelos de lo invisible: Chichén Itza-San Agustín. Finalista en varios concursos de poesía y cuento en Colombia, España y México. Fue Director editorial-fundador del Periódico Neiva y es co-director de la revista Índice de Literatura, miembro del Consejo editorial de la revista de literatura Puesto de Combate-Bogotá, director de la Revista Hojas Sueltas-Neiva, Corresponsal de la revista de literatura Alhucema-España Ha publicado los libros de poemas Aniquirona-Trilce Editores 1998; La Lluvia y el ángel (Coautoría)-Trilce Editores 1999; De Regreso a Schuaima, Ediciones Dauro, Granada-España 2001; Memorias de Alexander de Brucco, Editorial Universidad de Antioquia-2002; Summa poética, Altazor Editores, 2005, y la novela Dios puso una sonrisa sobre su rostro. Poemas suyos han aparecido en revistas y periódicos de Colombia, España, Venezuela, Italia, Estados Unidos, Argentina, Puerto Rico y México. Ha participado en el Primer Festival de Cultura Colombiana en Milán-Italia, celebrado en Octubre de 2000; en la V Feria Binacional del Libro en San Cristóbal-Venezuela en el 2002; en el Encuentro Internacional de Escritores en el Caribe, Playa del Carmen-México, 2002 y 2004, Encuentro Internacional de Escritores en Zamora-México, 2005, y en los Festivales Internacionales de Poesía de Medellín, Manizales y Pereira. Invitado al Festival de Poesía “Alzados en Almas” de la Casa de Poesía Silva en el 2001, al Encuentro Internacional de Escritores de Lima-Perú, 2005, y al Encuentro Nacional de Escritores, Ibagué en Flor, 2006. En la actualidad se desempeña como profesor de tiempo completo en la Universidad de Cartagena, Bolívar, Colombia.